La piel del cuero cabelludo, capa a capa

La piel tiene una capa externa, la epidermis, que se renueva de forma continua, y debajo la dermis, más estable. Si el pigmento se quedara en la epidermis, desaparecería en pocas semanas con la descamación natural; si se introdujera demasiado hondo, se vería borroso y con un tono apagado.

Por eso la micropigmentación capilar deposita el pigmento justo en la parte más superficial de la dermis, a menos profundidad que un tatuaje. Acertar con esa profundidad es lo que permite que el punto se mantenga y, a la vez, siga viéndose nítido y pequeño.

El cuero cabelludo, además, varía de grosor de una zona a otra y de una persona a otra. Parte del oficio consiste en ajustar la presión y el ángulo de la aguja a cada área para que todos los puntos queden a una profundidad parecida.

Qué le pasa al pigmento dentro de la piel

Una vez depositado, el organismo reconoce las partículas de pigmento como un cuerpo extraño. Unas células defensivas, los macrófagos, engloban parte de ellas y las mantienen en el sitio, mientras que otra parte se va eliminando muy despacio a través del sistema linfático.

Esa eliminación lenta, sumada al efecto de la radiación solar, que va rompiendo las partículas, explica que el pigmento se aclare de forma gradual. Por eso el sol es el factor que más influye en cómo se conserva el resultado, y por eso los cuidados después de la micropigmentación capilar insisten tanto en protegerse de él.

Que el pigmento se aclare con el tiempo no es un defecto, sino lo que permite adaptar el diseño más adelante. Si la alopecia avanza o el pelo cambia de color, se puede ajustar sin arrastrar un trabajo inamovible.

Cómo funciona la micropigmentación capilar a nivel óptico

Cada punto imita el aspecto de un folículo con el pelo cortado al ras. Vistos de cerca son puntos sueltos, pero a la distancia a la que nos miran los demás el ojo los integra y los interpreta como la sombra de un pelo muy corto o como más densidad entre el cabello.

Para que esa ilusión funcione, los puntos tienen que variar ligeramente de tamaño, de separación y de intensidad, como lo hace el pelo real. Una cuadrícula regular de puntos idénticos es justo lo que el ojo detecta como artificial.

El color también se elige pensando en la luz. El pigmento se ve a través de una fina capa de piel, que lo suaviza, y por eso se escoge un tono algo más claro que el del pelo. Cuando una tinta queda demasiado profunda, la piel dispersa sobre todo la luz azul, por un fenómeno parecido al efecto Tyndall, y de ahí el tono azulado de muchos tatuajes capilares antiguos.

De los primeros tatuajes capilares a la técnica actual

Los primeros intentos de simular pelo con pigmento se hacían con máquinas y tintas de tatuaje, a demasiada profundidad y con trazos en lugar de puntos. El resultado eran manchas oscuras que con los años viraban a azul o verde y que hoy son uno de los motivos más habituales de corrección.

La técnica actual se apoya en pigmentos formulados para el cuero cabelludo, en dermógrafos que permiten controlar la profundidad con precisión y en agujas muy finas de un solo uso. A eso se suma el diseño a medida, que tiene en cuenta la forma de la cara, el color de la piel y del pelo y el tipo de alopecia.

Por qué hacen falta varias sesiones

Durante la cicatrización, una parte del pigmento recién aplicado se pierde, y no siempre de forma uniforme. La siguiente sesión sirve para rellenar esos huecos, reforzar donde haga falta y afinar el tono sobre una piel ya recuperada.

Trabajar por capas también es lo que permite construir la densidad poco a poco y con control. Es más seguro ir sumando puntos sesión a sesión que intentar llegar al resultado final de una vez, con el riesgo de sobrecargar la zona.